30/1/09

Las películas de mi vida

A mi padre, in memoriam.

A Esther, y a los que con ella siguen combatiendo en Tui por la recuperación del Teatro Principal.

Fotograma de Cinema Paradiso

En 1974, Fellini le pidió a Italo Calvino un prólogo para sus guiones. La autobiografía de un espectador es uno de los textos más personales del escritor italiano, donde cuenta lo que el cine representó para él: la distancia, escribe. Respondía a una necesidad de distancia, de dilatación de los límites de lo real. En la infancia, el cine le regalaba dos horas en las que no vivía. Un tiempo secuestrado por la pantalla. Un tiempo de espectador. El tiempo del reloj vampirizado por el tiempo fílmico. Tiempo fuera del tiempo. Una fuga, si se quiere, pero nada tan serio, tan decisivo: el viaje que el cine ofrecía, como el don más preciado.



Si existen horas a las que les convenga el adjetivo incomparables, son ésas que vivimos en las salas de cine. Porque no sólo vimos esas películas que moldearon nuestra sensibilidad. Ésas fueron las películas que vieron nuestra infancia, y eso es lo verdaderamente importante, porque nos reconocieron. En ese reconocimiento se cifra también nuestra relación de pertenencia, de vivir en el mundo. Somos, en buena medida, lo que vimos. Lo que vivimos en el cine.


En los cines de Tui: el Teatro Principal, el Cine Yut y el Cine Bolívar. Supe de la existencia de otro que no llegué a conocer, el Monumental Palace, ¿o era Monumental Cinema?, donde mi padre recordaba haber visto películas por episodios y, como si fuera ayer, La moneda rota, en bancos de madera y suelo de tierra.



Y antes y después de las películas. Desde los programas de mano que repartía Tartana por los comercios, y que uno buscaba en la librería de Paquita Baquero, o en la de Albertito, o cuando iba a comprar cromos a la de Gayoso; y contemplaba y leía el programa de mano con los jugos gástricos de la imaginación en ebullición, anticipando el placer, alimentando las expectativas, gozando ya las promesas de un tiempo distinto, de otra vida que la película presagiaba.



Desde los “cuadros” que uno desentrañaba fascinado, poseído por los rostros, los gestos, las situaciones y las miradas que se prendían de las nuestras: imágenes embalsamadas en los vestíbulos de los cines que visitábamos una y otra vez días antes, y aun en los minutos previos, antes y/o después de sacar la entrada.


Fotograma de Cinema Paradiso

Desde la mañana del domingo cuando, en estrenos señalados, pasaba un coche con un altavoz por las parroquias y, desde las escaleras de casa, en Areas, lo veía pasar alejándose con el pregón de Quo vadis, El padrecito o Ben-Hur. O Los diez mandamientos.



Y después del cine la película seguía trabajando dentro, sigue trabajando ahora, mientras escribo. Regresábamos a casa con la convicción de que la vida estaba en otra parte. Y si nos sentíamos más vivos era gracias al don que el cine nos había otorgado. El más grave de los castigos era que te dejaran sin cine, como el domingo de Ben-Hur.

Plano de la ciudad amurallada de Tui en el siglo XVIII
y localización, en el círculo, del TeatroPrincipal.

Mi padre siempre me habló con pasión del cine, me recomendaba películas y, cuando le comentaba la o las que acababa de ver un domingo, le gustaba evocar cuándo las había visto y rememorar las escenas que atesoraba en la memoria. Fue gracias a él que fui por primera vez solo al cine.


Fotograma de Cinema Paradiso

Debía tener ocho años y en el Teatro Principal ponían Ivanhoe (1952) de Richard Thorpe, con Robert Taylor –mi madre comentaba que mi padre se le parecía-, Joan Fontaine, Liz Taylor y George Sanders.



Una butaca costaba 5 ptas. y la sesión infantil empezaba a la 15,30. A partir de las 18h programa doble en sesión continua. Ese domingo aprendí que un héroe se puede equivocar y, como el caballero sajón, desdeñar a la mujer que más le ama, la que está dispuesta a cualquier sacrificio, incluso a morir por él. Y si eso acontece con los héroes, pobres de nosotros.



Al domingo siguiente, vi Pasión de los fuertes (1946) de John Ford. Cuántas veces la habré visto desde entonces, pero aquella primera vez, aquellos cielos, aquellas nubes y Monument Valley que se desplegaba ante mis ojos aquel domingo de primavera…



Y al siguiente Robín de los bosques (1938) de Michael Curtiz con Errol Flynn, Olivia de Havilland y Basil Rathbone.



Esas tres primeras películas serán para siempre las películas de mi vida. Porque les debo las demás. Les debo la vida. Otra vida. En otra parte. Porque la pantalla de un cine no limita con los cuatro lados de un rectángulo sino, al contrario, ensancha los límites de la mirada. Porque las películas se proyectan en la pantalla pero se viven en la imaginación. Allí acontece el cine.



Cosas de la vida, nunca le conté a mi padre cuánto significó que me empujara aquel domingo al Teatro Principal. Quién sabe si lo adivinó.


Enseguida quise más. Ya no me bastaba la sesión infantil y empecé a frecuentar las sesiones continuas –funciones corridas les dicen en México-. A veces, entraba en la última media hora de la primera película, así que, al terminar el programa doble, me quedaba a ver los dos tercios que me faltaban. Así descubrí un placer inesperado y, bastantes años después, que Italo Calvino lo compartía: ver el inicio de la película cuando ya se conocía el desenlace brindaba satisfacciones adicionales: descubrir, no la solución de los misterios y de los dramas, sino su génesis. Uno descubría, diríase que sin querer, cómo se montaba un artefacto narrativo, cómo se preparaba el estallido de la última media hora, cómo se fraguaba la emoción.



Sí, esas películas vieron nuestra infancia. Nos educaron. Gracias a esas películas aprendimos lo que nadie más nos podía enseñar. El Teatro Principal fue nuestra escuela. La escuela de los domingos.



2 comentarios:

  1. !Que bien, Daniel!,yo todavía no te conocía y sin embargo seguro que coincidimos muchas veces en alguna peli, tus recuerdos del Principal son los mios, !lo que es el destino!, jeje. A mi me gustaba ver las pelis desde un palco por la intimidad, pero sobre todo por imaginarme un personaje de alta sociedad en la ópera.Te faltó hablar de las galletas de coco en un trozo de papel de estraza que invariablemente comprábamos en "visite nuestro bar"

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  2. A evocación que vira poesía, ou a poesía mesma que procede sempre desa evocación, como xa nos lembrara Baudelaire. A lembranza dos cinemas de outrora, fermoso tema...Eses cinemas perdidos, as naves varadas dos nosos soños. Para os que somos vigueses, os nomes Tamberlick, Odeón ou Avenida son parte xa dos nosos mitos de rapaces de barrio en tempos grises, fuxidíos...Anacos envellecidos dese "traje de los domingos" do que fala Vila-Matas e que gardamos en nós como algo moi querido, irrepetíbel.

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