12/4/09

Demasiado bueno para la televisión



A veces los dioses lares del cine se confabulan para rescatar del limbo una buena película. Una película con una historia absurda a sus espaldas. Felizmente absurda. Como que en la peor televisión se haga el mejor cine. Como La mejor juventud. La historia de su producción merece ser contada. Sin esa historia quizá no entenderíamos cabalmente el destino de una película de más de seis horas. Una película que desde su edición en dvd, a finales de 2004 si no recuerdo mal, no puedo evitar la tentación de verla, al menos, una vez al año.

El productor Angelo Bargallo y la productora Sacher de Nanni Moretti decidieron producir para la RAI -la de Berlusconi- una serie de cuatro episodios en la que las historias individuales se trenzaran con la historia colectiva italiana desde los años sesenta hasta el presente. Basta ese planteamiento y uno piensa en Cuéntame. Pero nada de eso, se trataba más bien de un ajuste cuentas con las utopías de los sesenta y setenta, y el naufragio de las ideologías cuyos restos llegan cada día a las playas del presente. Stefano Rulli y Sandro Petraglia escribieron el guión, y Marco Tullio Giordana, autor del filme (investigación) sobre el asesinato de Pasolini Un delito italiano, dirigió el proyecto. Pero cuando la serie estuvo acabada los directivos de la RAI consideraron que la calidad era muy superior a los estándares televisivos y ¡no podría emitirse! Desde luego no en la primera cadena. Ni en prime time, por supuesto. Quizá habría que buscarle acomodo en la RAI 3 en horario de madrugada. En estas creativas conjeturas andaban los directivos de la RAI cuando el director del Festival de Cannes decidió seleccionar la serie La mejor juventud para la sección Un certain regard, y proyectarla como si fuera una película de seis horas, o sea, de forma continuada.

Un inciso de historia de la RAI. En los años setenta la televisión pública italiana produjo Una historia inmortal de Orson Welles (con la también inmortal Jeanne Moreau), Sócrates de Roberto Rossellini, Padre Padrone de los Taviani, La estrategia de la araña de Bertolucci o I clowns de Fellini. Valga la muestra para tasar hasta qué punto las televisiones europeas han rebajado el listón de sus producciones y para comprender que al caerle del cielo una obra como La mejor juventud no sepan qué hacer con ella, y aun la perciban como un trastorno. En definitiva ¿qué habrán hecho ellos, pobres directivos de la RAI -sustitúyase el acrónimo por el de cualquier otra televisión pública europea- para merecer esto?




El caso es que La mejor juventud recibió el premio a la mejor película en la sección Un certain regard del Festival de Cannes en 2003, la reclamaron de numerosos festivales y cosechó críticas elogiosas, como la de Ángel Fernández-Santos que me la descubrió. En 2004 la estrenaron en una sala de Madrid y duró más de un año en cartel. A finales de ese año se editó en dvd, en dos discos, con una duracción de más de seis horas, que se hacen cortas.



Fotograma de La mejor juventud

La mejor juventud -título extraído de un poema de Pier Paolo Pasolini- cuenta la historia de una familia a lo largo de cuarenta años, desde 1966 hasta el 2003. Los dos hilos principales de la trama enhebran las historias de los dos hermanos Carati, Nicola y Matteo, cuyas peripecias atraen a los demás personajes para quedar pespuntados en el tejido argumental y cuyos destinos individuales quedarán injertados en la historia colectiva de Italia. La película se nutre de un diálogo entre la micro-historia y la macro-historia que atraviesa la saga familiar, y la puesta en escena funcional mantiene viva la reflexión en el crisol de los sentimientos.


Alessio Boni (Matteo Carati) y Luigi Lo Cascio (Nicola Carati)
en el rodaje de La mejor juventud


La escritura del guión de La mejor juventud representa un modelo donde se articulan de forma magistral la mejor tradición del cine popular, el arte del melodrama y una estructura novelesca que remite, por ejemplo, al Rocco y sus hermanos de Visconti. Una estructura que permite, por obra y gracia de los guionistas Rulli y Petraglia, diseccionar la sociedad italiana, trazar simetrías, vertebrar azares y giros con habilidad, y anudar destino y drama de cada personaje con el devenir de un país: desde los años jipis pasando por la inundación de Florencia en el otoño del 66, las revueltas estudiantiles de los 70, la deriva terrorista de las Brigadas Rojas, los despidos de la Fiat turinesa en los 80 o la antipsiquiatría de Franco Basaglia, hasta los asesinatos de los jueces anti-Mafia en Sicilia en los 90 y la corrupción generalizada del estado italiano.


Stefano Rulli


Sandro Petraglia

La Historia amojona la historia mientras se desgrana la saga de los Carati, del cálido y alegre Nicola, del áspero y triste Matteo, herramientas de la empatía –y de la memoria- del espectador con el universo ficcional que proponen Sandro Petraglia y Stefano Rulli. Una escritura que combina emoción, humor y encarnadura vital a través de escenas breves de gran concentración y diálogos que fluyen con naturalidad desarmante, y que no esconde el teatro de los sentimientos sino que juega con las cartas boca arriba desde el primer momento. Amor, soledad, pérdida, paternidad, bondad, miedo, abandono, filiación… Sentimientos, no sentimentalismo. Y sí, lágrimas que provienen desde el reconocimiento, del encuentro de nuestra mirada con la mirada que nos devuelve la película trasmutada en emoción pura.


Marco Tullio Giordana
en el rodaje de
La mejor juventud


La mejor juventud deviene una película en la que Marco Tullio Giordana orquesta con oficio e inspiración un reparto magnífico, modula con precisión el curso de las vidas de los personajes y aprovecha con maestría la música en aquellos momentos donde los diálogos no alcanzarían a expresar lo que las miradas se bastan para comunicar con imbatible elocuencia. Una música que hilvana con los hilos de uno de los temas de Georges Delerue para Jules et Jim y de una pieza de Astor Piazzola temas musicales que aluden a la banda sonora de unos años, de una época, de un tiempo, que encuentran ecos en nuestra memoria.


Maya Sansa (Mirella Utano) en un fotograma
de
La mejor juventud


Cuánto nos gustaría que la televisión pública nos tratara siempre con el mismo respeto, comprobar como nuestros impuestos se usan para dar vida a ficciones en las que podamos reconocernos, que nos ayuden a iluminar las sombras de nuestras vidas, el pozo de nuestra historia. Por lo menos una vez cada diez años, no pedimos más. Pero, sinceramente, ya ni lo esperamos. Cómo vamos a esperarlo después de comprobar la mixtificación de series como Cuéntame y la engañifa en que acaban convirtiéndose miniseries como 23-F. Por cierto, si alguien quiere saber cómo se cuenta la verdad sobre el 23-F que lea Anatomía de un instante de Javier Cercas, una obra que cultiva la memoria en el baldío de la amnesia. Pero quizá algo así se considere demasiado bueno para la televisión.


1 comentario:

  1. eu coñecina por este artigo

    http://www.elpais.com/articulo/portada/Regalen/gente/elpeputec/20051218elpepspor_15/Tes

    imprescindible, necesaria,

    a serie e est a escola

    gracias Daniel

    David

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