3/4/10

El caminante

Werner Herzog

Incluso podría titularse "el nómada" o "un cine nómada" o "un nómada del cine". Hace un par de semanas Raúl Dans me bajó algunas películas, entre ellas The Grizzly Man (2005) de Werner Herzog. Tenía olvidado (o arrinconado) a Herzog. Mi enemigo íntimo (1999) fue la última película suya que vi hace unos años, más o menos por la misma época en que Pepe Coira me recomendó que leyera el diario del viaje a pie de Herzog desde Munich a París entre el 23 de noviembre y el 14 de diciembre de 1974, o sea, cuando yo acababa de cumplir 19 años. Herzog se echó al camino al enterarse de que Lotte Eisner estaba muy enferma e imaginando que iba a morir. Y pensaba que (los cineastas) no podían permitirse perderla. Además necesitaba estar a solas consigo mismo. Lotte Eisner, a la que Brecht en los años veinte había apodado la Eisnerin, merece un lugar de honor en esta escuela pero hoy apuntaré que escribió dos libros memorables, La pantalla demoníaca -sobre el cine expresionista alemán- y una de las obras esenciales sobre el cine de Fritz Lang, y que, aún más importante, en 1936, cuando ya se había instalado en París tras el ascenso al poder de Hitler en Alemania, fundó junto a Henri Langlois y Georges Franju la Cinemateca francesa destinada a preservar las películas como patrimonio cultural; será Henri Langlois quien se encargue de esconderla durante la ocupación alemana y desde 1945 será la responsable de conservación de películas de la Cinemateca francesa durante treinta años. Y para los cineastas del llamado nuevo cine alemán como Herzog o Wenders será una mentora, una inspiración, un hilo con el pasado del cine. Herzog habló por todos cuando dijo a propósito de la Eisnerin:

Somos una generación de huérfanos, no tenemos padres, en todo caso abuelos a los que nos podemos referir, como Murnau, Lang, Pabst, la generación de los años 20. No es extraño que la continuidad en el cine alemán a través de la barbarie de la época nazi y de la posterior catástrofe de la Segunda Guerra Mundial se haya deshecho. El hilo se terminaba, en realidad ya antes. El camino nos llevaba a la nada. Quedaba abierto un hueco de un cuarto de siglo. De ninguna forma se podía percibir de modo tan dramático en la literatura y en otros ámbitos. Por eso la participación de Lotte H. Eisner en nuestro destino, también en el de los jóvenes, ha levantado un puente en la continuidad cultural e histórica.

Lotte Eisner
en el museo de la
Cinemateca francesa,
en 1979

Así que cuando Herzog se enteró de que la Eisnerin había enfermado gravemente, ese mismo día metió algo de ropa, un mapa y una brújula en una mochila, y se puso en camino. Herzog es de los que caminan. Y en este caso diríase que peregrinó para salvar a Lotte Eisner. El diario de esa peregrinación se titula Del caminar sobre hielo y lo editó La tempestad en 2003. El 26 de noviembre escribe: ¿Cómo estará Lotte Eisner? ¿Seguirá con vida? ¿Voy lo suficientemente deprisa? No, creo que no. Y el 30 de noviembre: Nieve y más nieve, granizo y lluvia, lluvia y granizo. Maldigo la Creación. ¿Para qué todo esto? El viaje resulta tan demoledor y llega con tan mala pinta a algún albergue que no le alquilan una habitación. El 4 de diciembre: ¿Estará viva la Eisnerin? Y el 6 de diciembre: Lluvia, lluvia, lluvia. Cuando llega a París, agotado, encuentra a Lotte Eisner con la salud quebrantada pero en vías de recuperación (morirá en 1983). Creo que algo así dice mucho de un tipo como Herzog. Casi diría que define al cineasta tanto como sus películas.

Lotte Eisner y Werner Herzog

A esas alturas del peregrinaje a París y a la Eisnerin, Herzog ya había rodado seis largometrajes. Yo había visto dos de ellos: Aguirre, la cólera de Dios (1973) y El enigma de Gaspar Hauser (1974). De hecho, de ese nuevo cine alemán, conocí a Herzog antes que a Wenders. Y, quién sabe si por el aquel pedagógico que latía en El enigma de Kaspar Hauser, nos había gustado mucho aquella película y había alimentado sus buenas horas de meditaciones (y conversaciones); pero era de esas películas que uno prefiere no volver a ver, por eso cuando hace unos quince años la ponían en el CGAI de A Coruña, me acerqué por allí, entré con ella empezada, me quedé unos minutos y me fui. No quise arriesgarme a que un nuevo visionado estragara la memoria de aquella película. Escribo esto en Tui y tengo a mano el guión de Kaspar Hauser publicado por Elías Querejeta ediciones, y que yo había comprado durante la mili en la librería Dau al Set de Valencia el 10 de octubre de 1977, el guión de una película dedicada a Lotte Eisner y a aquellos -la mejor parte- que tuvieron que abandonar Alemania, encabezado por el poema de Paul Verlaine con aquellos versos: ¿He nacido muy pronto o muy tarde? / ¿Qué hago yo en este mundo?


Estas semanas que no tengo demasiado tiempo para leer y que al llegar la noche apenas si puedo leer una página antes de quedarme dormido, leo el diario del rodaje de Fitzcarraldo (1982), se titula Conquista de lo inútil y lo ha editado Blackie Books. Y con el diario de Herzog he vuelto a su cine. Era casi obligado porque resultan inexplicables el uno sin el otro. Cuando sólo tenía 19 años produjo y dirigió su primera película; había trabajado como soldador en el turno de noche para pagársela. Y bueno, digámoslo ya, hay que estar muy, pero que muy loco (por el cine, pero quizá por algo más) para hacer una película como Fitzcarraldo. Lo de Coppola en Apocalyse now casi resulta una producción convencional si lo comparamos con lo de Herzog. Y no ha dejado de trabajar y de hacer películas en todos estos años en que uno se había olvidado de él. Y cada película ha representado la exploración de un límite, de una frontera, de una imposibilidad. No otra cosa es The Grizzly Man. Quizá el tema del cine de Herzog sea un peregrinaje de los confines, en busca del lugar donde el hombre no tiene lugar, sea ese lugar el confín del lenguaje o el confín del mundo. Parece ser que a largo plazo prepara una película sobre las lenguas que desaparecen, lenguas de las que sólo quede un hablante. Quién sabe si ese último hablante cante sus últimas palabras en este mundo con la nana con que su madre lo acunó para que no tuviera miedo y se durmiera en la noche de los tiempos, porque las últimas palabras en una lengua pueden ser también la memoria de una caricia primordial.


Werner Herzog en el rodaje de Fitzcarraldo

Y explorando los confines, Herzog filma lo nunca visto y ensancha el mundo de lo visible, por eso resulta superflua en su caso -y en tantos casos- la distinción entre documental y ficción. Fitzcarraldo es una ficción pero también un documento de su realización. A Herzog no le cabía en su imaginación resolver mediante una maqueta o algún otro trucaje de estudio la escena en que el barco es arrastrado hasta la cima de la montaña, porque no le cabía en la cabeza despojar las imágenes de la experiencia que capturaban. El 18 de febrero de 1981 escribe en su diario: ¿Por qué no intepretar yo mismo a Fitzcarraldo? Me atrevería a hacerlo, porque mi proyecto y el del personaje se han vuelto idénticos. Escribe esa entrada cuando Jason Robards, el primer actor elegido para interpretar al protagonista, abandona el rodaje enfermo de selva y de miedo después de un mes de rodaje. Y cuando consigue restaurar la confianza de los socios e inversores en un proyecto que cobraba visos de catástrofe, anota: Pero la pregunta para la que todos querían una respuesta era: ¿tendría yo el temple y la fuerza para volver a empezar desde el principio? Dije que sí, o sería alguien que ya no tiene sueños, y sin sueños no querría vivir. Y me acordé de lo que más de una vez le he escuchado al maestro, como ayer mismo, a propósito de los delirios del barroco, como si cada vez que las formas se ciñen en un gesto contenido, apenas si pudieran disimular el torbellino de imágenes que acechan bajo la superficie serena y que acabarán contorneándose y retorciéndose en un delirio febril. Esa pulsión late en el cine de Herzog, basta rememorar aquella escena de Aguirre contenida en un gran plano general que se va deslizando en una panorámica vertical despaciosa, cuando en la montaña asaltada por la selva vemos descender una hilera de conquistadores e indígenas, apenas una línea que traza un camino quebrado en la superficie de la pantalla.

Un fotograma de Aguirre, la cólera de Dios

En fin, Conquista de lo inútil me resulta una lectura reveladora de la magnitud -de la locura- de una película pero también del magnetismo de una escritura. Herzog, además de un cineasta, es también un escritor capaz de transformar la experiencia de un rodaje en una experiencia literaria. Y quizá ese diario constituya el documento más elocuente para entender por qué Herzog necesitaba transportar un barco real a través de una montaña en medio de la selva y cómo esa decisión resultaba perfectamente razonable: responde al latido del corazón de la película. Un latido que deviene estética en la medida en que responde a una ética: poner en escena al hombre y el espacio que ocupa, aun cuando el hombre no tiene lugar en ese espacio, o precisamente por eso. Porque el cine de Herzog transita por ese borde donde las formas corren el riesgo de ser devoradas por la selva de lo ilegible, de lo irracional, de lo irremediable. Y aun ahí, en el lugar sin mapas, traza una línea habitable por frágil que sea. Porque Herzog es de los que caminan. Es un caminante.

Herzog en los años Fitzcarraldo

3 comentarios:

  1. Gracias a esta entrada tuya he visto de nuevo Fitzcarraldo. Aguirre la recordaba mejor, con todo ser más antigua. Por cierto: Klaus Kinski estaría medio loco, pero era una actor extraordinario.

    Un saludo.

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  2. Rcuerdo cuanto me afectó la película El enigma de Gaspar Hauser. Supongo que era muy joven y no estaba acostumbrada a ver este tipo de cine.
    Un abrazo

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  3. Gracias a tí he entendido mejor "Fiztcarraldo", que resultó para mí algo enigmática. A mí me impactó "Aguirre". Tengo entendido que en ambas películas Klaus Kinski le atormentó el rodaje con el mal feeling entre ambos. ¿Es cierto?.

    He descubierto tu blog de la forma más peregrina: buscando una foto en Google. Y me he quedado asombrada de la calidad y de la amenidad que tiene. Enhorabuena. Me he quedado enganchada. UN saludo.

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