18/4/10

Rayas de agua larga en la ventana

Hoy iba a escribir sobre L'avventura. Pero visité el blog de Elías Moro y encontré dos poemas de Tonino Guerra, el guionista de la película de Antonioni, la primera que escribieron juntos. Y esos poemas me llevaron a otros del guionista de algunos de los filmes imprescindibles de Fellini, los Taviani, Angelopoulos o Tarkovski.


Tonino Guerra cumplió noventa años el mes pasado y leerlo hoy fue como volver a casa, a la única casa que uno puede volver. L'avventura puede esperar. Otro día vendrá la obra del guionista, hoy os traigo la obra del poeta. Apenas dos poemas. Porque a veces viene a tocarte un olor que no entendías hace años...


Canto primero


Tenía ya setenta años cumplidos y cuatro días cuando cogí

un tren en marcha. No podía soportar ni un día más la ciudad

con todas aquellas uñas delante de la boca.

Ahora estoy aquí en mi pueblo, con mi hermano.

Está lleno de casas vacías. De mil doscientos que éramos,

sólo quedamos nueve: yo, que acabo de llegar,

la Bina, Pinela el campesino, mi hermano que está siempre

en la casa vieja, la Filomena con el hijo tonto,

y tres jubilados que están siempre sentados en la plaza

y que en sus tiempos eran zapateros.



Los demás se marcharon quién sabe adónde: a América, a Australia,

a Brasil, donde Fafín el loco iba de caza con un cuchillo

y un día mató un jaguar creyendo que era un gato.

En mil novecientos veinte un grupo de albañiles,

después de seis meses de viaje en barco mirando el mar

y el agua de un río que no acababa nunca,

llegaron por fin a la Muralla China

que se había roto por todas partes y hacía falta mano de obra.



Antes de desaparecer para siempre, el padre de la Bina

que iba con ellos mandó noticias suyas cada año

a las que luego llamaron «las cartas de la China». En la primera

preguntaba por una cabra que tenía fiebre el día que él se fue,

en la segunda contó que se había comido una culebra,

en la tercera hablaba de una mujer que le cosía los botones,

la cuarta estaba llena de garabatos como los que hacen las gallinas

en el barro, para dar a entender que se había vuelto chino

y se había olvidado de todo, hasta de las palabras.



Mis padres no se movieron nunca de casa: mi padre

vendía carbón

y mi madre llevaba las cuentas en un papel amarillo.

Como no sabía leer ni escribir hacía rayas

para los clientes flacos y círculos para los gordos.

Los números los llevaba apuntados en la cabeza y cuando pagaban

los tachaba con una cruz.



Aquí el aire es bueno y el agua va por sus cauces.

Coches no hay y los perros

están siempre tumbados en mitad de la calle.



(De La miel, 1981. Ediciones La Palma, 1993

Traducción de Juan Vicente Piqueras)



Septiembre


La música de la lluvia
en los oídos



Cuatro hermanos de mi padre

y una hermana de noventa años, la Nazarena,

vivían en América y a veces mandaban postales

como si fueran marineros que metían

mensajes en las botellas y las tiraban al mar.

He encontrado unas palabras de la Nazarena

dirigidas a mi padre: “Eduardo,

hemos tocado fondo y ahora nos toca

hacer cuentas con la vida. Aquí en Brasil

me acuerdo a menudo de aquella vez

que fuimos a vender pescado

a la feria de Verucchio un viernes de 1913

y la riada se llevó el puente delante

de nuestros ojos y nos quedamos un día

entero sentados en la hierba,

mirando el agua, sin poder cruzar.

En las cajas se echó todo a perder

y todavía siento aquella peste de pescado que

ahora me parece que es el olor de mi vida.”



“La Tartamuda” era una muchacha

que caminaba en chanclas

y se vestía con cuatro trapos

que se le pegaban a las tetas

duras como piedras. Su tartamudez

era tan grande que te venían ganas

de ayudarla y ponías palabras

en medio de las suyas

hasta que quedaba claro lo que quería decir

y entonces de la alegría

se echaba a reír, temblaba con un gozo

que parecía nacerle de dentro de la carne.



De los montes un polvo de agua fina

como la seda

apaga las últimas brasas del verano

y yo me pongo mi chaqueta de pana.



A pesar de que llovían

en la ventana rayas de agua larga

y espesa, se veía en los montes

la luna clara.



Fueron aquellos días

en que nos dábamos la mano

y las promesas quedaban escritas en las piedras.

Hoy ya todo da igual:

te abraza alguien

y es sólo un montón de trapos.



A veces viene a tocarte un olor

que no entendías desde hace años

y ves cruzar el cuarto

a la niña con su cubo de agua.



El mar tiene los peces en sus manos.



(De Llueve sobre el diluvio, 1997)

4 comentarios:

  1. Anónimo19/4/10 8:24

    Me gustaría poder escribir algo que siento; pero los últimos versos (aunque, en general, todos) me han dejado mirando por los cristales al otro lado.

    Tal vez sea el aroma ése... que está pasando.

    Un saludo.

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  2. Daniel: bien por ti, bien por Tonino, bien por la poesía que llega al alma de la manera más sencilla.
    Y gracias por la mención.

    Pdta: parece que he conseguido la manera de comentar aquí.
    Elías

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  3. Pues yo no conocía la obra de este hombre.

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  4. ME HAN GUSTADO MUCHO
    uN SALUDO

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