29/6/11

Salvo el cine

Cuántas películas habré soñado a fuerza de no (poder) verlas. Porque me las perdía, porque me eran esquivas o porque no me encontraban. Mi cinefilia, como la de tantos, se nutrió de sueños de películas más que de las películas mismas, porque muchas se soñaban -tantas veces durante años- antes de poder verlas. Eran películas largamente deseadas y, cuando al fin se desplegaban ante nosotros en una pantalla, la experiencia representaba, más que una visión, una revelación. La última de esas películas soñadas que, al fin, pude ver fue Los ojos sin rostro (1960) de Georges Franju. Y fue toda una experiencia.


De Franju -el fundador de la Cinemateca Francesa con Henri Langlois y uno de mis cineastas esquivos- conocía, gracias a Raúl Dans, La sangre de las bestias (1949), un cortometraje -documental- de 20' rodado en los mataderos parisinos de Vaugiraud y La Villete, un territorio fronterizo en el extrarradio de la ciudad, donde las imágenes de los edificios como fortalezas carcelarias, las torres de vigilancia, los portalones de doble hoja, las chimeneas, las vías del tren y las víctimas sumisas sacrificadas por los matarifes cobran, con el telón de fondo -cercano al estreno del filme- de la 2ª guerra mundial, o por decirlo con las palabras de Adorno, después de Auschwitz, una inusitada potencia metafórica.


Pero la potencia cinematográfica de una película como La sangre de la bestias, un título en el que escuchamos el eco de La sangre de un poeta (1930) de Cocteau, con la fotografía de Marcel Fradetal -ayudante de cámara de Rudolph Maté en Vampyr (1932) de Dreyer-, germina en la mirada impasible -científica, diríamos, de ojos en vela- de Franju capaz de despertar profundas resonancias poéticas enhebrando la cotidianidad de los mataderos con unas monjitas con tocas caminando -cómo no acordarse de Buñuel-, unos niños que juegan a la comba en un descampado, una gabarra con ropa tendida que pasa -cómo no acordarnos de Vigo-, un maniquí abandonado...


O en la imagen de un percherón blanco sacrificado, o mejor, en el tránsito entre la vida y la muerte, allí donde lo real nos sobrecoge con la fuerza impalpable del misterio de ese instante que transfigura lo que es en lo que ha sido.



Lo que acaba de desaparecer ante nuestros ojos. La más radical de las elipsis ha cuajado, en lo real, lo más radicalmente otro, lo desconocido. Sólo en La sangre de las bestias he reconocido la experiencia que viví de niño en el matadero de Tui, donde la visión y el olor de la muerte, de la sangre y de la mierda se conjugaba con la rutina y el espanto.


Franju decía que sólo vemos bien cuando vemos mal, es decir, sólo vemos si el ojo se escandaliza. Como escribió Carlos Muguiro, la historia del ojo nos lleva siempre de regreso a las catacumbas de la visión, hacia lo que no sabemos o no queremos mirar. Y sólo vemos lo que nos mira, que decía Franz Hessel y citaba Walter Benjamin -y que Andrés Trapiello  ha elegido como lema de su blog (como tantas veces hemos apuntado aquí: sólo vemos bien las películas que nos miran). Si un cortometraje de apenas 20' destila tan arrebatado extrañamiento, el adjetivo documental resulta casi irrelevante. Es puro cine que genera el deseo de más cine destilado por los ojos de Franju.

Franju en La Novelle Vague por ella misma (1964) 
de André S. Labarthe y Robert Valey

A Franju le atraía lo insólito de las cosas y cifraba la cualidad de la mirada de un cineasta en el aquel de atravesar las cosas y revelar lo que en ellas hay de insólito. Se podría hablar de la insurrección de lo invisible a propósito del cine de Franju, un cineasta que propicia la emergencia de los objetos del magma indiferenciado del mundo y cosigue que las cosas cobren, a la vez, visibilidad e intensidad. Dicho de otra forma, lo invisible se revela cuando se rebela lo visible gracias a los poderes del ojo armado con una cámara de cine. Pero lo insólito de las cosas no puede inventarse, sólo puede expresarse. Como la poesía, no se busca, se encuentra. En el cine de Franju, lo insólito aflora sin aspavientos, en voz baja, como sin querer. Quizá porque lo aprendió de niño. En una mudanza.

Los niños nunca olvidan las mudanzas, decía Franju. La imagen de un armario con las puertas abiertas aparcado en la acera... Ángeles me contó hace un tiempo la impresión que se llevó aquel día a sus siete años cuando, al llegar de la escuela, encontró el aparador y su cama y la mesa del comedor y... en una camioneta a la puerta de su casa en Guillarei. La familia se mudaba a Tui a vivir en un monasterio abandonado, que había sido instituto durante la 2ª República y luego cuartel durante el franquismo hasta principios de los sesenta. Eran apenas seis kilómetros pero era como si la llevaran a otro planeta, aunque lo más espantoso -por insólito- fue ver su casa en una camioneta. Sigue siendo uno de sus recuerdos más vívidos, quizá porque latía aún en carne viva tanto tiempo después y Franju me lo trajo de vuelta a la memoria.

Recuerdo que un día, siendo pequeño, le contó Franju a Freddy Buache en 1957 con el pretexto, quizá, de cifrar su particular gramática de la fantasía -que decía Rodari-, abrí un armario y en su interior habían crecido champiñones por la humedad. Es evidente que los champiñones no están hechos para crecer en un ropero. Para mí fue una imagen sorprendente que determinó en mí un mecanismo instintivo de lo insólito. También en un armario ropero, extrañado en el garaje de la mansión del doctor Génessier, se esconde en Los ojos sin rostro un pasaje al espanto.


Un médico, el doctor Génessier (Pierre Brasseur) conduce borracho y tiene un accidente en el que el rostro de su querida hija Christiane (Edith Scob) queda desfigurado. A partir de ese momento se entrega a la práctica de sucesivos trasplantes de cara, con la complicidad de su ayudante Louise (Alida Valli), con vistas a remediar los estragos en la belleza de Christiane. Sobra decir que ninguna chica se presta voluntariamente como donante de rostro... Reducida a su story line elemental queda patente el argumento barato de Los ojos sin rostro, una trama de serie B, vamos.  


Por lo visto, la idea de Los ojos sin rostro surge del productor Jules Borkon que veía un negocio en la producción en Francia de películas de terror -baratas- al estilo de la Hammer Films y le encarga el proyecto a Franju. El cineasta aceptó porque le iba a permitir abordar un cine fantástico con formas realistas, aunque esas formas realistas atravesadas por los ojos de Franju devienen formas insólitas del cine de terror.


Franju trabajó en el guión con Jean Redon, el autor de la novela del mismo título -que sirvió de base a la película-, con Pierre Boileau y Thomas Narcejac -a los que habían adaptado Clouzot en Las diabólicas y Hitchcock en Vértigo-, con Claude Sautet, que también ejerció como ayudante de dirección, y Pierre Gascar figura acreditado como dialoguista. Como siempre, Franju se ocupó personalmente de escribir el guión -siempre técnico y minucioso, plano por plano-, siempre a mano, siempre en pliegos de papel cuadriculado, siempre a bolígrafo y, sobre todo, siempre con un tubo de pegamento a mano. Maniático incorregible -y de manías innumerables- escribía con una caligrafía muy cuidada y no se permitía la más mínima tachadura; si se equivocaba o escribía algo que no le gustaba, cortaba  esa palabra -o ese trozo de guión-, escribía otra vez sobre un trozo de papel recortado de tamaño equivalente y lo pegaba en el hueco correspondiente del guión. Sin pegamento era incapaz de escribir.

Un momento del rodaje de Los ojos sin rostro

Para iluminar Los ojos sin rostro, Franju contó con Eugen Schüfftan -acreditado aquí como Eugen Shuftan-, que al año siguiente ganará un óscar a la mejor fotografía por El buscavidas. Y con su musa, Edith Scob, para encarnar a Christiane y animar toda una poética de la máscara.






La había conocido cuando preparaba La cabeza contra la pared (1959); no había papel para ella pero la incluyó en la escena de la iglesia; Franju no solía hacer primeros planos, pero a ella le hizo un gran primer plano, y eso que era una figurante; no sólo eso, rodó sin necesidad varias tomas del mismo plano, sólo por el placer de filmarla, y no dudó en darle el papel de Christiane aunque no era conocida ni tenía experiencia. Sólo porque no podía imaginar otros ojos sin rostro si no eran los de Edith Scob.



Y la película puede verse como el tributo al rostro de una actriz, es la película soñada para contar -y cantar- un rostro, para dar cuenta del amor por un rostro y sus mutaciones.

Franju con Edith Scob en el rodaje de Los ojos sin rostro.

Durante el rodaje de las escenas de trasplantes de la película, Franju tenía siempre al lado a un ayudante de cirujano para garantizar que lo filmado era quirúrgicamente correcto.




Todo el cine es documental, lo que me gusta es que sea terrible, tierno y poético, decía Franju. Y Los ojos sin rostro cumple todos y cada uno de esos requisitos. Como todo cineasta de raza, Franju va más allá de los límites de lo visible descerrajando las puertas de lo que nos ocultamos, allí donde lo real cobra visos insospechados, donde el horror desvela un amor desmedido. Los ojos sin rostro nos abisma en el itinerario monstruoso de un hombre en busca de la redención resucitando la belleza de su hija.


La mirada -documental- sobre el mundo de los ojos de Franju, a fuerza de precisión e intensidad transfigura las cosas; ironiza sobre ellas, se enternece con ellas, las vuelve insólitas.




Un tren que cruza un paso a nivel donde aguarda Louise en el 2 CV, los cielos vacíos, un avión en la noche mientras el doctor da sepultura a una de sus víctimas en el panteón familiar,



el médico trazando con un lápiz el contorno del rostro donde deberá aplicar el bisturí, el travelling por los árboles desnudos, las puertas que se atraviesan una y otra vez y que amojonan los recorridos de los personajes en la mansión del doctor, la llegada del Tiburón al depósito de cadáveres filmado en picado, los perros, las palomas...


         


Lo fantástico asoma en Franju a través de las grietas de lo real, como un destilado de la fidelidad a las apariencias, a las mudas de lo real.

George Franju
No abrazo la vida sino la imagen. Esas imágenes son, como decía Baudelaire, mis flores marchitas. Parece que a Franju todo le resultaba difícil. Salvo el cine. Todo le resultaba hostil. Salvo el cine.

Edith Scob y Alida Valli con Franju 
en el rodaje de Los ojos sin rostro

Huía del mundo real y se refugiaba en el cine. Sólo hablaba de cine. Vivía sólo para el cine. Sólo tenía ojos para el cine. Y el cine le salvó.

2 comentarios:

  1. Peor sería tener un rostro sin ojos para ver estas películas, y para leerte.

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  2. Daniel, de verdad, me haces soñar muchas películas. Pero lo más insólito, como los champiñones del armario, es que me haces soñar incluso las películas que ya he visto.
    Que os vaya bien el verano en esa casa de fantasmas de Tui.
    Un abrazo

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