11/9/11

El jardín de la calle Újezd



No recuerdo bien si supe de Josef Sudek por alguna fotografía o si busqué alguna fotografía suya al saber de él en Toda la belleza del mundo, las memorias del poeta Jaroslav Seifert, cuando preparábamos un viaje a Praga que aún tenemos pendiente. Eran amigos y más de una vez acompañó a Sudek en sus caminatas por Praga y los bosques de los alrededores, llevándole el trípode. Lo que sí recuerdo como si fuera hoy es que me costó apartar la mirada de La última rosa, desde que le puse los ojos encima a esta fotografía que hizo Sudek en 1956.


Era la ventana. Eran las rosas. Era la transparencia, la limpidez del agua. Era la veladura del cristal. Era el umbral que cuajaba un más acá y un más allá para la mirada. Eran las sombras del tiempo atrapadas en la luz. Era la misteriosa simplicidad de la que habla de Bernard Plossu a propósito de Sudek. Sus fotografías, no se me ocurre otra forma de decirlo, crean memoria.




Josef Sudek nació en 1896. Trabajaba como encuadernador y practicaba la fotografía como aficionado. En la 1º guerra mundial pierde el brazo derecho y convierte la afición en su oficio. Retratos, vistas de Praga, paisajes. En 1927, instala su estudio en el nº 28 de la calle Újezd, en la Malá Strana de Praga, y aunque a partir de 1959 empezará a vivir en un pequeño piso de la misma calle, volverá cada día al estudio hasta su muerte el 15 de septiembre de 1976, llevando alguna vez las rosas escogidas en el jardín de los Seifert para fotografiarlas en el alféizar de la ventana.


Seifert nos describe así el estudio de Sudek en la calle Újezd:

Una pequeña  choza desvencijada, con tejado de pizarra (...) Dividió el minúsculo espacio de lo que antaño era un estudio fotográfico por excelencia, como con un solo movimiento de la mano, en tres más minúsculos todavía. El cuarto oscuro era el más cómodo. había allí una bañera de piedra con agua corriente y una bombilla roja. Y nada más. El resto de la casa estaba lleno a rebosar de una multitud de trastos. La parte de atrás representaba una especie de comedor. Había una mesa y dos sillas. La mesa, por supuesto, estaba llena de cacharros. De los de cocina y de los fotográficos. Por las noches se sentaba allí junto a su hermana. La última estancia era un recibidor. Pero servía principalmente como almacén de placas expuestas. Y también, de salón de música. El gramófono estaba colocado en el suelo. Por la noche, cuando abrían las dos camas plegables, el cuarto se transformaba en un dormitorio que era para ponerse a llorar. No obstante, aquella pobreza no afectaba en absoluto a los propietarios de la choza ni conseguía amargarles el ánimo. Sólo veían la pobreza los que venían de visita. El propio Sudek no la notaba ni se preocupaba lo más mínimo por ella. Era feliz con su modo de vida. En fin, ésa era su felicidad manca.


Pero se me olvidaba algo. Sudek tenía una rica discoteca. Dónde guardaba la colección, no tengo la menor idea. Lo cierto es que tenía decenas, quizá un centenar, de discos raros reunidos a lo largo de décadas.

En pocas palabras, reinaba allí un desorden fantástico.

(...) La ventana del estudio daba a un diminuto huerto. Cuando decimos "huerto", ante nuestros ojos aparece un pequeño trozo de tierra lleno de colores, olores, cariño y sonrisas. Pero el huerto de Sudek era, tal vez, el más triste de todos los huertos de Praga. Allí no había nada. Un par de arbustos, un árbol retorcido y una acumulación de hollines de Malá Strana. Pero en la ventana que daba a aquel lastimero trozo de naturaleza surgieron algunas de las más hermosas fotografías de Sudek. Imágenes de una luminosidad excepcional, llenas de embrujo poético y de una belleza cautivadora.



Cuando veía en su interior una fotografía, Sudek exclamaba: "Escucha la música".


Tenía que escuchar la luz silenciosa sobre la naturaleza,





o sobre las cosas más humildes.


La fotografía es rara -decía Sudek-, no debe desvelar mucho, tiene que dar pistas. No sé cómo es en otras artes, pero en la fotografía es así; debe aludir y los que la miran deben imaginarse algo detrás de ella.


Cuando los nazis ocuparon Checoslovaquia, Sudek se encerró en su estudio y siguió haciendo fotos con lo que tenía a mano. Cómo no recordar la astronomía de las cosas de Morandi. Fue como si la ascesis le llevara a la poesía de la luz. Le bastaba una ventana.Y el huerto más triste de Praga.


El jardín del tiempo donde Sudek cultivaba las rosas de la memoria.    

4 comentarios:

  1. Anónimo12/9/11 0:06

    Extraordinario descubrimiento he hecho en este blog, de momento entusiasmada me quedo con la obra de Sudek....
    poco a poco vendré para deleitarme con estas lecturas.

    ResponderEliminar
  2. La música se escucha siempre, y a veces mejor en silencio.
    También tengo pendiente un viaje a Praga, ahora más.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Buena entrada, me encanta Josef Sudek!!

    ResponderEliminar