1/2/12

Un telescopio de siete leguas


Casi nadie se acuerda de Vachel Lindsay. Fue un poeta ambulante, quizá el último poeta americano oral. Un precursor de Ginsberg. Cantaba, recitaba, gritaba sus versos por los caminos del oeste, en las esquinas de las calles, en las plazas de los pueblos. Poemas a cambio de pan se titula uno de sus libros. Lo tacharon de loco y no debía estar muy cuerdo. Tan poco cuerdo como cualquier visionario. John Dos Passos asistió una vez a uno de los "espectáculos" de Lindsay, iba a reírse un poco, pero salió impresionado. Predicaba la Buena Nueva de la Belleza y vio en el Cine la Tierra Prometida. No tardó en convertirse en su profeta. Tan pronto como en 1915 publicó en Nueva York The Art of the Moving Picture.


Aquí se tradujo como El arte de la imagen en movimiento, aunque habría bastado con El arte del cine, y lo editó en 1995 la Fundación de Cultura Ayuntamiento de Oviedo. Se trata de la primera Estética del Cine. Lindsay conjuga una sensibilidad a flor de piel, una pasión desbordante y una casi milagrosa capacidad de formalización de un medio tan reciente. Basta pensar que Griffith acababa de estrenar Intolerancia. Y nuestro poeta loco de los caminos de América ya ve en el Cine el arte llamado a poner en imágenes en movimiento guiones con el aliento de Whitman. Como una Pantalla Espejo para el rostro del mundo. Y profetiza el cine publicitario y las televisiones locales. No es de extrañar que junto a lo visionario afloren también los delirios. Así, ve en el Cine el remedio para todos los males, incluido el alcoholismo, o mejor, particularmente del alcholismo, y dedica al asunto un capítulo, elocuentemente titulado Un sustituto del bar. Y justo, en uno de los párrafos de las páginas más delirantes destinadas a convencer a sus lectores de que, en vez de beberse muchas copas, uno puede embriagarse viendo películas, y de forma mucho más barata, escribe:

El genio del cinematógrafo no es un caballero con la nariz colorada y ojos de pez muerto, sino un director que, a pesar de todos sus fallos, le da a cada persona del público un telescopio de siete leguas mitad angelical, mitad diabólico.

Cuarenta años más tarde unos cinéfilos franceses formularán la teoría del cine de autor, pero eso -la anticipación- es lo de menos ahora. Lo que importa es ese telescopio de siete leguas mitad angelical, mitad diabólico. Y para cada espectador. ¿Habrá una definición -y una imagen- más bella de las promesas y los abismos del arte de las imágenes en movimiento? Vachel Lindsay es muy probable que estuviera loco. Pero desde luego era un poeta. Del cine.


Pobre y olvidado, se suicidó a los 52 años bebiendo una botella de desinfectante.
 

1 comentario:

  1. Anónimo2/2/12 17:46

    Quizá la haya, Daniel, una definición o una imagen más bella, pero desde luego yo no la conozco (ni la concibo) Tampoco conocía esta. Muchas, muchas gracias. Y un abrazo grande en el que quepáis Ángeles y tú :)

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