13/8/12

Doce cuerdas



1. Tengo esta fotografía de Ramón Masats en mi rincón. Era 1961 en Madrid. Apareció hace cincuenta años en Neutral Corner, un libro con textos de Ignacio Aldecoa iluminados por las fotografías de Masats (o viceversa), como Un minuto de paz -el descanso entre round y round de un combate-, una maravilla de relato en menos de cuarenta líneas. Esa fotografía no sé si es una metáfora (de lo que uno hace) o un retrato (de lo que uno es). Es sabido que el boxeador -como quien escribe- combate con su sombra: el Otro no es más que su sombra encarnada. Esa fotografía cuenta una historia de perdedores. Un cuento de doce cuerdas.


2. Como La ley del pendulo de Aldecoa (en Neutral Corner), en apenas veintitrés líneas:

  Bajaban los sacos con un cabrestante. La escotilla portalaba un cielo azul de verano, inhóspito como una gran sala vacía. En la bodega los estibadores, formando corro, abrían cancha al redón descendente. Urgidos por el capataz se abalanzaban sobre los sacos y los apilaban ordenada y rápidamente.
  –Saco... estribor... arriba... Iuú...
  Sentían el polvillo del trigo en los pulmones y carraspeaban de vez en cuando. Las manos se endurecían en la faena, se musculaban y tomaban fuerza.
  –Saco... babor... arriba... Iuú...
  Al ocaso entraba el segundo turno. En el ocaso, antes de que las luces del barco feriaran el trabajo, los estibadores miraban al cielo acuario como si fueran a emerger hacia el infinito.
  Los estibadores se prestaban los chalecos de cuero y andrajos. Se despedían.
  –¿Te entrenas?
  –¿Te parece poco entrenamiento éste?
  –A ver lo que haces en el próximo...
  –Lo que se pueda.
  –A ver cuando empiezas a ganar dinero y dejas esto.
  –En seguida.
  En el gimnasio penduleaba el saco de entrenamiento. El boxeador obedecía la voz del capataz.
  –Saco... izquierda... derecha... arriba... abajo... Sigue... Para...
  En los barcos y en los gimnasios se iba aprendiendo a vivir: fuerza, velocidad, pegada... Un poco más lejos el dinero... y entretanto de saco a saco como única esperanza.


3. De pequeño sangraba por la nariz cada dos por tres. Por amorrarme en tierra después de que el caballo me descabalgara (por sacarlo del prado antes de tiempo), por un encontronazo jugando al fútbol o por un moquete de mi madre. Mi padre trabajaba de chofer de un autobús y un día me encontró en una de ésas al volver de la línea. Comentó que, de seguir así, mejor me quitaban el tabique nasal, como a los boxeadores. Unos meses después en Vigo hizo que le tocara la nariz a Panchito, un negro de metro noventa y cien kilos de peso. Debía tener más de cincuenta años y trabajaba cargando bultos en las bacas de los autobuses. Empuja fuerte, dijo mi padre. Y el dedo aplastó sin esfuerzo la nariz de Panchito. No tenía tabique nasal, había sido boxeador de joven y luego sparring muchos años. Sparring fue la primera palabra que aprendí del vocabulario del boxeo. Luego vinieron uppercut y crochet. Y cuadrilátero. Y round. Y k.o. Y besar la lona. Y las historias de los grandes boxeadores: Joe Louis, Rocky Marciano, Sugar Ray Robinson... Y los héroes de mi padre (que heredé): José Legrá y Cassius Clay (cuando aún no era Muhammad Alí). Para mi padre, el boxeo era esgrima -manos rápidas y pies ligeros-, caligrafía de fintas, una danza pespuntada por golpes esenciales, exactos, casi invisibles; el boxeo era, en una palabra, estilo. Para mi padre, Cassius Clay no era un boxeador, era el boxeo. El boxeo que le gustaba, claro.


4. Como no teníamos televisión, veía el boxeo por la radio. Sólo años después empecé a ver combates por la televisión (recuerdo como si fuera ayer cuando José Legrá ganó titulo mundial del peso pluma en julio de 1968) y aún más tarde las viejas -y legendarias- peleas grabadas, cuando ya -sólo- eran historia. En realidad, el boxeo pertenece en buena medida al dominio de la narración oral; los grandes combates no se vieron (con los ojos), se contaron de viva voz. Más de ochenta mil personas presenciaron aquella legendaria pelea de Dempsey contra Firpo; la presenciaron, porque la mayoria de los espectadores apenas podía avistar el cuadrilátero y vislumbrar a los boxeadores; y millones lo vieron por la radio, una de las primeras grandes -e históricas- retransmisiones, como evoca Cortázar en El noble arte, un relato incluido, no en Último round -que también podría ser-, sino en el tomo II de La vuelta al día en ochenta mundos.

Litografía de George Bellows (1923-24)
sobre una de las imágenes señeras de la historia del boxeo.
Dempsey-Firpo, 14 de septiembre de 1923 en Nueva York: 
primer round, un golpe de Firpo saca del ring a Dempsey 
¡durante 17 segundos! 
Dempsey ganó el combate en el siguiente round. 

5. A ver -lo que se dice ver con los ojos- el boxeo, o mejor, a mirar el boxeo, empecé con las películas. Quizá fue aquel inolvidable ciclo de cine de boxeo que pasaron por televisión -si no recuerdo mal presentado por Alfonso Sánchez (y que vi en la casa de Felis junto al río)- el que completó el trabajo de iniciación que había empezado mi padre. Películas como El ídolo de barro y Más dura será la caída de Mark Robson, Nadie puede vencerme (como se tituló aquí The set-up, creo que también como Tongo) de Robert Wise, Kid Galahad  de Micahel Curtiz, Cuerpo y Alma de Robert Rossen (con guión de Abraham Polonsky).


Pero sobre todo Marcado por el odio, también de Robert Wise y con guión de Ernest Lehman, una película del año que nací. No es que fuera muy buena (creo que Cuerpo y almaThe set-up son mejores películas), pero me atrapó aquella historia -una ficción sobre un boxeador real- en la que Paul Newman encarnaba a Rocky Graziano; bueno, lo que me atrapó de verdad fue Pier Angeli, me enamoré de ella perdidamente.


En todas aquellas películas me gustaban mucho las escenas en las que la gente del barrio del boxeador protagonista -o los padres o su novia- escuchan por la radio las peleas decisivas, como la madre de Rocky Graziano y Norma (Pier Angeli, su chica) en Marcado por el odio. Yo también veía y vivía así los combates por la radio.


6. Debía tener quince años cuando encontré en una librería de Tui, Marcado por el odio -en la colección Reno-, la autobiografía de Rocky Graziano en las que se basaba la película que tanto me había gustado. Lo devoré en dos o tres sentadas y durante unos días no dejé de dar la matraca en casa con el libro (como ya la había dado con la película). Lo normal era que lo hubiese leído mi padre -le gustaba leer en la cama antes de dormir-, pero vete a saber por qué, fue mi madre quien -interesada por lo que me había escuchado del libro y de la película- una noche empezó a leerlo. (Ahora viene a cuento un inciso: mi madre apenas leía, siempre la recuerdo con las manos ocupadas, cosiendo o -en fechas señaladas- haciendo magdalenas y leche frita; quizá por eso le gustaban tanto las radionovelas, que no le ocupaban las manos.) Y lo siguió leyendo. Y hubo algún día que me confesó que había llorado. Y aun le robó tiempo a la costura y se recluyó en su habitación -donde viví en la cuna mis primeras semanas- y me pidió que dijera a quien preguntara por ella que se había ido a Tui a comprar unos hilos para terminar el libro sin interrupciones. Fue el único libro que compartí con ella. El valor de las memorias de Rocky Graziano (no he vuelto a leerlas, no quiero volver a leerlas) reside en esas horas, cuando por una vez fui el guardián del placer de mi madre. Un placer secreto y prohibido: así lo vivió ella. Nunca le he recordado aquel día. Nunca sabrá cuánto significó para mí. Nunca sabré si ella lo recuerda, si lo sabe.

Muhammad Alí en 1966. (Fotografía de Thomas Hoepker.)

7. Cuando Cassius Clay ya era Muhammad Alí, se negó a incorporarse al ejercito de EEUU y a combatir en  la guerra de Vietnam. Lo desposeyeron del título mundial de los pesados y lo condenaron a cinco años de cárcel. Era 1967, yo no había cumplido los trece años y cuando leí la noticia en el Faro de Vigo me convertí en un anti-americano, y empecé a seguir los avatares del la guerra del Vietnam (del lado de Ho Chi Minh y el ejército del Vietcong, por supuesto). El 8 de marzo de 1971 se celebró el combate entre Alí y Joe Frazier. La pelea duró los quince asaltos y justo en el último un gancho de izquierda de Frazier mandó a Alí a la lona.

Alí vs. Frazier, Nueva York, 1971. 
(Fotografía de David Kennerly.)

Alí volvió a ponerse en pie, pero Frazier ganó la pelea a los puntos. Creo que aquel golpe me dolió a mí más que a Alí. No se lo perdoné. A Frazier, quiero decir. Hasta una semana antes de su muerte el pasado noviembre después de ver Facing Alí (como me había recomendado Cheché Carmona).


8. En Facing Ali, un documental de Peter McCormack estrenado en 2009, los boxeadores que pelearon contra Alí evocan aquel momentos cardinal de sus vidas, el día que se enfrentaron con el más grande -como el propio Alí se definía (tan grande que le resultaba imposible ser humilde)-, y en el caso de Frazier hasta tres veces. De alguna forma, pelear con Alí los hizo inmortales: ese Alí bailarín que ahora padece Parkinson, ese Alí parlanchín que ya no puede hablar. Facing Alí acaba con unas palabras de George Foreman: Cuando veo a Alí hoy en día, veo a un héroe. (...) Y  los héroes da igual que pierdan un brazo o una pierna, siguen siendo hermosos por lo que hicieron. Tenía razón Cheché, esas mismas palabras las podría haber recitado Homero. A mi padre le hubiera gustado escucharlas.

Fotografía de Ramón Masats 
(en Neutral Corner)

9. Al boxeo le sentó bien el cine y la fotografía y la literatura. Aldecoa admiraba Por un bistec de Jack London (mete toda la vida de un viejo púgil sonado en un combate de diecisiete páginas) y uno admira su Young Sánchez (que llevó al cine Mario Camus) de su libro El corazón y otros frutos amargos -¡cuánto me gustó siempre este título para un libro de cuentos (o de poemas)!-, que se abre con unas líneas de Vachel Lindsay: Del este al oeste, por toda la ciudad  se oye un solo grito: el puente de Londres ha caído  y... John L. Sullivan ha puesto k.o. a Jake Kilrain. Un cuento que destila un tiempo de derrota y presagios de sueños rotos. Como destila culpa Toro salvaje, donde el boxeo deviene un camino -un calvario- de expiación.


Y sí, quizá debería hablar de esta obra maestra de Scorsese -con guión de Paul Schrader y Mardik Martin a partir de la autobiografía de Jale La Motta (escrita por Paul Savage)-, sin duda una de las grandes películas sobre el boxeo; bueno, una de las grandes películas, sin más.

Scorsese dirige a Robert de Niro en Toro salvaje

A Scorsese el boxeo le interesaba más bien poco, pero la ecuación culpa-redención la había mamado desde niño y la vivía en carne propia en aquellos años en que se resistía a rodar Toro salvaje (1980), hasta que tocó fondo y resucitó yéndose con Robert de Niro a una isla para escribir el guión definitivo de la película a partir de la versión de Paul Schrader, que había aportado la estructura circular con el tejido de flashbacks y el memorable monólogo de Jake La Motta en la celda. Pero una de las decisiones cruciales de Schrader tuvo que ver con lo que elidió, sobre todo al cercenar los capítulos formativos del boxeador (entre ellos su paso por el correccional donde coincidió -mira por dónde- con Rocky Graziano), privándole así de atenuantes y volviéndolo más opaco; como vio muy bien Scorsese -sabía de lo que hablaba (como Schrader)-, la culpa de La Motta no se originaba en unas circunstancia vitales concretas, sino que germinaba en un magma íntimo mucho más profundo; por así decir, de esa culpa no te libras, la llevas contigo mientras vivas, como una condena. Llegados a este punto quizá vendría a cuento Kafka, pero hoy no quiero hablar de Toro salvaje, porque mi película favorita sobre el mundo del boxeo es Fat City.


10. Si John Huston no hubiese rodado Los muertos, no tendría duda alguna en considerar Fat City como la cumbre de su cine, un poema elegíaco para cobijar a cuantos perdedores transitaron por sus películas. Fat City se estrenó hace cuarenta años en el festival de Cannes y los periodistas recibieron a Huston puestos en pie y aplaudiendo. Mientras se preparaba el rodaje, Huston se reunía cada mañana en su habitación de un motel de Stockton (California) -donde transcurre Fat City- con Richard Sylbert, el diseñador de producción, y Conrad Hall, el director de fotografía, para conocer su visión de la película. Sylbert creía que el guión de Fat City -escrito por Leonard Gardner a partir de su propia novela (la mejor que haya leído sobre el mundo del boxeo)- hablaba de la vida que se va por el desagüe antes de que a uno le dé tiempo de poner el tapón. No les hizo falta hablar nada más para saber que ésa era la película que querían hacer.

Huston boxea con Stacy Keach en el rodaje de Fat City

Fat City habla de un mundo donde hasta las (escasas) victorias son estaciones de paso hacia la derrota irremediable -o mejor, hasta las victorias saben ya a derrota-, de unos seres tan cautivos de sus sueños que no ven lo que les espera ni cuando tienen el espejo de su fracaso delante de los ojos, por eso el joven boxeador Ernie Munger (Jeff Bridges) es incapaz de aprender la viva lección -de la derrota que le aguarda- encarnada en el púgil Billy Tully (Stacy Keach); en realidad, el mismo personaje: Ernie es Billy de joven y Billy es un Ernie acabado, dos momentos de un naufragio existencial, fantasmas de sueños rotos, de un tiempo perdido; en la frontera de la desesperanza, en la tierra hostil de la otra América. Y la mirada de Huston trasfigura los trazos de un documento en destellos líricos, la economía en elocuencia (como ese inadjetivable plano de apertura de algo más de dos minutos que lo cuenta todo de Billy Tully),


y la concisión en profundidad (como esa memorable secuencia final de miradas cosidas con silencios).


Si no existiera una película como Los muertos, veríamos Fat Ciy como el testamento del cineasta.

Fotografía de John Ranard 
(en On Boxing de Joyce Carol Oates)

11. La semana pasada encontré en una (más bien la única) librería de Pobra do Caramiñal Del boxeo de Joyce Carol Oates en una  edición de bolsillo. Llevaba tiempo con ganas de leerlo (desde que me lo recomendara Cheché). Y fue este libro el que finalmente me puso contra las cuerdas para escribir aquí on boxing. Porque ve las doce cuerdas con una mirada que comparto. Para empezar discrepa de la visión del boxeo como deporte, al fin y al cabo el deporte tiene que ver con el juego, y se juega al tenis, pongamos por caso, pero no se juega al boxeo. Para Joyce Carol Oates, el cuadrilátero de boxeo es una especie de altar, uno de esos espacios legendarios donde las leyes de la nación quedan suspendidas cuerdas adentro, en el transcurso de un asalto de tres minutos oficialmente regulado, un hombre puede morir a manos de su contrincante, pero no puede ser legalmente asesinado. El boxeo habita un espacio sagrado y depredador de la civilización. En último término, el boxeo remite a un rito expiatorio, a una ceremonia primitiva o, por así decir, a un teatro trágico primordial. Un brillante combate de boxeo, vertiginoso en sus movimientos, en el que las cosas suceden a una velocidad mucho mayor de la que la mente es capaz de absorber, puede tener la fuerza que Emily Dickinson le atribuía a la gran poesía: sabes que es grande cuando te vuela la cabeza. Busqué la frase de Emily Dickinson en una de sus cartas: Si leo un libro y se me enfría tanto el cuerpo que ningún fuego puede calentarme sé que eso es poesía. Si tengo la sensación de que se me vuela la tapa de lo sesos, sé que eso es poesía. Son para mí las únicas maneras de saberlo. ¿Existe alguna otra manera?

Fotografía de John Ranard (en On Boxing)

Cada episodio del libro de Joyce Carol Oates se abre con una o varias citas, buena parte de boxeadores. Me quedo con ésta de Barry McGuigan, campeón del peso pluma, cuando le preguntaron por qué se había hecho boxeador: No puedo ser poeta. No sé contar historias... Irlandés tenía que ser.

Fotografía de Ramón Masats (en Neutral Corner)

12. La última cuerda de este cuadrilátero no podría ser sino un epitafio. Epitafio de un boxeador, claro. De Aldecoa, por supuesto.


                                             Nosotros, sus agradecidos contrarios, erigimos esta
                                             estatua a Apis, un boxeador considerado, que ni
                                             cuando nos fajábamos nos hacía daño.
                                                                         Lucilius, Epitafio de un boxeador

  Pasaban las nubes de tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las cruces de los panteones.
  Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.
  Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.
  Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: «Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.».
  Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.

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