26/1/13

En un lugar solitario



Para una entrada, prefiero un título distinto al de la película  -libro, pintura, fotografía o poema- que cobija. Rara vez han coincidido. (Y eso que cuando van más de setecientas entradas, elegir un título empieza a resultar peliagudo.)

Uno de los carteles de Anselmo Ballester 
para In a Lonely Place en Italia.
Debajo, el cartel belga, 
que se ve en el italiano, 
como en un espejo.

Pero En un lugar solitario no es sólo el título de la película que hoy traigo a esta escuela, cifra también el paisaje íntimo por el que transita el cine de Nicholas Ray, un cineasta con mala estrella, como los amantes de They Live by Night (1948), esa opera prima suya tan bella que pespunta ya todos los hilos dolorosos de su filmografía.

Cartel de la Columbia para el estreno 
de la película el 17 de mayo de 1950: 
la caída del brazo y el gesto de la mano 
de Gloria Grahame 
deviene un icono para los cartelistas. 
Debajo, un diseño alternativo y
el cartel inglés.


Nicholas Ray es el cine, sentenció Godard en una memorable crítica en el número de enero de Cahiers du cinéma de 1958 a propósito de Bitter Victory (1957); por supuesto, no todo el cine, sólo el cine en que nos reconocemos, le faltó añadir. Dos meses antes, en el número de noviembre de 1957, había titulado la reseña sobre La verdadera historia de Jesse James (1957) de forma elocuente y significativa: El cineasta predilecto

Otros dos carteles de In a Lonely Place 
que me gustan: arriba, uno italiano, 
con un título distinto y firmado por un tal Bat; 
abajo, un cartel danés.

Cuarenta años -y casi tantas películas (de largometraje)- después, Godard hablaba del cine como una casa donde Nicholas Ray tenía una habitación, un motivo más que suficiente para sentirse a gusto viviendo allí, tanto daba si en la azotea o en el trastero.

Cartel de René Péron 
para In a Lonely Place en Francia

Y volvemos al cine de Ray como quien regresa a la casa de los desamparados. Donde toda la humana fragilidad encuentra su asiento, diríamos; y, como apunta Serena Bramble, no sería exagerado decir que nunca hubo un director americano que entendiera mejor la condición frágil y desvalida del ser humano como Ray. Hasta Robert Mitchum se nos rompe al final de The Lusty Men (1952). Y Humphrey Bogart en esta película tan triste que hoy nos ocupa.


En un lugar solitario, quizá la historia de amor más triste -y tierna y lacerante- que se haya filmado nunca, pero a cuento de qué se iba a pasar la belleza por este mundo sino por amparar y preservar las más tristes de las historias.

Cartel de V. Lipniunas 
para In a Lonely Place en Suecia 

Hay quienes dicen que el cine de Ray ha envejecido, pero sólo son unos agoreros y melindrosos que prefieren los términos medios al extremismo y la perfección al arrebato, y el cine de Ray vive -y cómo- al borde del abismo. Es el cineasta romántico por excelencia y -digámoslo con las palabras de John Berger- lo romántico siempre está en el margen  en el extremo de lo posible. Propone lo esencial, ya sea sublime o terrible. Ray es de esos cineastas, como Godard, que si el cine no existiera, lo hubieran inventado.

Cartel para In a Lonely Place 
en Argentina, Chile, México...

En una entrada antigua (qué remoto suena esto) hablé de cómo ver una película cobra visos de entrar en una casa. "Cuesta entrar en la película", se dice a veces, como si la película se resistiera a ser habitada; otras veces, ya dentro, puede resultar incómoda, fría, angustiosa... en fin, diferentes problemas de habitabilidad, y aun hay casos en que resulta inhóspita. En cambio, hay películas que no sólo resultan acogedoras sino también accesibles sin por ello agotar el deseo de habitarlas una ver más, de volver a ellas de otra forma, usando otras entradas. Al principio usas la puerta principal, pero acabas cogiendo confianza y luego ya entras por la puerta de la cocina, y hasta por una ventana si la ves abierta.


En un lugar solitario es una de esas películas, que cambia según cómo entres en ella, una casa con puertas y ventanas que deparan una nueva experiencia según cuál sea el umbral que atravieses. Las casas de Nicholas Ray son así (por algo había estudiado con Frank Lloyd Wright). Cuando te vas, te llevas un trozo de su corazón. Porque todas sus películas destilan una trémula certeza: somos tan poquita cosa... que el amor es nuestra única salvación; el amor es el único hogar que puede cobijarnos en este mundo; sin amor, estamos condenados a una estéril errancia. Da igual que la película vista el ropaje del western -como Johnny Guitar (1954)- o del género bélico -como Bitter Victory-, Ray acaba contando una historia de amor. Basta recordar su primer filme, They Live By Night -aquí se tituló Los amantes de la noche-, cine negro que a través de la mirada de Ray deviene un mero pre-texto para contar una historia de amor trágico de dos jóvenes amantes que no habían sido correctamente presentados en sociedad.


En cuanto Humphrey Bogart, que ha fundado hace nada la productora Santana (como se llama su barco, el que aparece en Cayo Largo, una de la películas que hizo con John Huston), le puso los ojos encima a They Live By Night en una proyección privada quiso trabajar con Nicholas Ray. Y rodaron Llamad a cualquier puerta (1949).  Pero será En un lugar solitario la película donde Ray va a desnudar el alma de Bogart (nunca estuvo tan bien salvo en La Reina de África), donde la ósmosis entre lo que vemos en la pantalla y la otra película (tras la cámara) desprende una inusitada intimidad en el cine de Hollywood, donde las imágenes se despojan -por así decir- de los velos del género para mostrarse con un aquel de confesión. En un lugar solitario habla -desesperadamente- de Nicholas Ray y Gloria Grahame.

Nicholas Ray con Gloria Grahame 
en el rodaje de En un lugar solitario

Empieza como un film noir y se transfigura en una devastadora historia de amor. De un corazón a la intemperie. En un lugar solitario.

(Continuará. Sólo hemos llegado al umbral.)

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