13/7/13

Una línea menos



Sólo he visto siete películas de Mikio Naruse. Apenas una quinta parte de las se han proyectado en las retrospectivas -más o menos recientes- de su obra y sólo una décima parte de las que se conservan; se han perdido -o no se han encontrado- unas veinte películas de las casi noventa que rodó. Así que sólo puedo hablar de un doceavo de la obra de Naruse. Pero todas las que vi son, tirando por lo bajo, muy buenas, y por los menos tres de ellas -La voz de la montaña (1954), Nubes flotantes (1955) y Cuando una mujer sube la esclalera (1960)- magistrales. Estos días volví a ver su última película, Nubes dispersas (1967), y no la incluyo en la categoría de magistrales porque ayer mismo vi por primera vez Cuando una mujer sube la escalera, una película tan grande que me obliga a rebajar aquélla un escalón, pero sólo un escalón, porque Nubes dispersas atesora dos o tres de las más bellas secuencias rodadas por el Naruse que conozco (y en ese doceavo hay tanta belleza que ya es decir).


Como a propósito de las grandes películas, más vale desistir de contar el argumento de Cuando una mujer sube la escalera. Como a propósito de los grandes cineastas, vale la pena recordar que lo que cuenta en Naruse es cómo lo cuenta. Cómo cuenta, pongamos por caso, Cuando una mujer sube la escalera, porque si hablamos del argumento casi podríamos reducirlo a su propio título.


De eso va la película: de cómo Keiko -en la piel de la maravillosa Hideko Takamine- saca fuerzas para subir las escaleras que la llevan al bar de chicas que regenta, una noche y otra noche y otra noche; aferrándose al aquel de geisha en un mundo donde declina sin remedio la cultura de las geishas. Naruse hilvana en el tejido del melodrama el hilo de esa resistencia moral cifrada en la figura de Keiko, a quien las chicas llaman Mama.


En las películas de Naruse nunca faltan las desdichas -y las desdichas amojonan la existencia de Keiko-, pero  nunca tenemos la sensación de patético abarrote, de colmo de infelicidad. Keiko no quiere nuestra compasión, ni la de otros personajes: Naruse no es de esos cineastas que buscan emocionarnos a cualquier precio, y eso que el guión de Ryuzo Kikushima (el guionista de La fortaleza escondida de Kurosawa, por ejemplo) le podría surtir de momentos propicios. Ni por asomo. Naruse, a través de un uso sabio de la elipsis, transfigura las desgracias en nudos inevitables del tapiz de la vida misma. Y no hay bálsamo para las heridas de la vida, nos dice Cuando una mujer sube la escalera; semejante estoicismo se pespunta en cada una de las películas de Naruse que conozco, y por lo visto cifra según Audie Bock -que le dedicó el primer libro importante y reivindicó su cine- un asunto primordial en la filmografía del cineasta. Por eso nunca hay finales felices en las películas de Naruse. Sólo el aprendizaje de la decepción.


Si una película fuera lo que cuenta (la trama), Cuando una mujer sube la escalera resultaría un argumento folletinesco preñado de calamidades, pero como una película es la forma en que se cuentan -en que se destilan- sus complicaciones, el filme de Naruse -iluminado por Masao Tamai, y montado por Eiji Ooi (dos de los colaboradores habituales del cineasta)- deviene pudoroso, contenido, fluido, conciso, sosegado... Un filme wabi, una noción japonesa que define la serenidad inherente a la sencillez, el refinamiento de lo (casi) crudo -diríamos-, la austeridad rayana en la pobreza.


En uno de esos misterios dolorosos que Keiko debe apurar, una lágrima se desliza por su mejilla: Estaba soñando. Era un sueño en el que lloraba. Y cuando me he despertado, estaba llorando de verdad. Así de leves, así de íntimas, asoman las heridas de la vida en la piel del cine de Naruse. Tan leves, tan íntimas, como la única esperanza que le es concedida a Keiko (y a todas las mujeres protagonistas de sus películas), la que se desprende de las últimas palabras que le escuchamos: Tengo que ser fuerte como los árboles milenarios, y resistir los vientos del norte. Resistir a la intemperie en el curso del tiempo. Cuando una mujer sube la escalera 


En el centro, Naruse dirige a Hideko Takamine 
en Cuando una mujer sube la escalera.

En la cama del hospital y poco antes de morir, Naruse le contó a su musa Hideko Takamine que le estaba dando vueltas a una película con solo dos personajes sobre el fondo de un lienzo blanco. Fue su última conversación. Corría 1969. No tiene nada de extraño ese proyecto. Esa búsqueda de lo primordial. A Naruse le encantaba tachar frases, líneas de diálogo, y mostrar en su lugar un gesto preciso, una mirada, un movimiento, un ritmo... Como tantas veces Ford. Como los grandes cineastas que venían de los tiempos del cine silente. Naruse siempre encontraba una línea de más en los guiones. Y los reescribía en el rodaje, siempre a la procura de una línea menos. (Y de paso volvía mejores a sus guionistas.)

1 comentario:

  1. Hace como quince años el Festival de Cine de San Sebastián dedicó una retrospectiva completa -de lo que se conserva, claro -de la obra de Naruse, además de un libro estupendo sobre su cine. Por desgracia sólo pude quedarme un día y ver tres de sus películas, a las que tengo que sumar otra que para mi sorpresa salió en vídeo titulada "Madre". Tan escaso bagaje, sin embargo, me permitió descubrir asombrado cómo había desconocido durante treinta años la obra y hasta el nombre de un director no sólo inclasificable, sino también extraordinario. No me sorprende, en consecuencia, que lo traigas a colación en este blog que sigo atentamente y del que siempre aprendo algo, incluso cuando se habla de películas, libros o creadores de los que no había oído hablar antes.

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