7/9/13

La piel de una manzana


A veces, pasmando por la ventana, doy en corregir filmografías. Y les enmiendo vida y milagros a los cineastas que me importan. O a las actrices. Disponiendo las piezas como en un bodegón. O en un pillow shot (perfecto).

Fotograma de Akibiyori de Ozu

Por ejemplo, tengo para mí que El hombre que mató a Liberty Valance debía haber sido la última película de Ford; fue su último western con John Wayne y una síntesis de su mirada: era el final perfecto para su cine. ¿Y entonces Siete mujeres? Pues digamos que un epílogo, digno de un capítulo final como El hombre que mató a Liberty Valance, en la novela del cine (de la vida) de John Ford. (Aunque, si llueve y llega el son del mar, la mirada suspira por una isla en los Mares del Sur y La taberna del irlandés, la última película de Ford con Wayne. Y luego, que caiga el telón.)  Ese telón que debería caer al final de esa Marnie, tan palpitante, la película ideal para abrochar la obra de Hitchcock. O Hatari, la de Hawks.


Nada más perfecto, sin embargo, que Heaven Can Wait -El cielo puede esperar, que aquí se tituló El diablo dijo no- para cerrar la de Lubitsch, confesión y testamento a partes iguales.


O entre las películas de Anna Karina debería figurar Le mépris: no aparece, pero la película sólo se entiende (o sólo se entiende de verdad) con ella -tan presente por ausente- y, sobre todo, para ella; en palabras de Raoul Coutard, el director de fotografía (que la filmó en todas sus películas con Godard), Le mépris es una carta de amor de Godard a Anna Karina; quizá en ninguna de sus películas con ella Godard habla tanto de Anna Karina, en ninguna desnuda tanto su intimidad como en ésta de la que rodaba las tomas adicionales -de la apertura con los desnudos de la Bardot-  hace ya cincuenta años.


(Creo que cuando se habla del cine de la crueldad habría que mencionar Le mépris: no pudo ser más cruel Godard a la hora de vaciar a B.B., y ponerle esa peluca que nos recuerda a la Nana de Vivre sa vie, para que nosotros llenáramos la carcasa con la memoria insomne de Anna Karina.)



Y desde luego Akibiyori tenía que haber sido la última película de Ozu con Setsuko Hara.


No sólo su Ayiko es el personaje central de la película, sino que los casamenteros protagonistas están -los tres- enamorados de ella... desde siempre.


Todos aman a Ayiko en Akibiyori. Tanto que no tienen  palabras para nombrar el arrobo que les depara las manos de Ayiko pelando una manzana. Evocar aquel momento desprende un aquel de éxtasis. Nada puede cifrar la felicidad como la piel de una manzana. La piel también de lo perdido.


Akibiyori deviene un homenaje de Ozu -quién sabe si también una carta de amor- a Setsuko Hara. Y estas imágenes últimas -donde se escuchan los ecos del final de una película tan simétrica con Akibiyori como Primavera tardía (con Chisu Ryu pelando una manzana)- suenan a canción de despedida.


La vida es muy simple, nosotros la volvemos complicada, dice uno de los casamenteros en el desenlace de Akibiyori.  Por eso necesitamos el cine, para contar cómo la enredamos; y a alguien como Ozu, para hacernos comprender que ningún enredo vale lo que la piel de una manzana.

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