25/11/13

El ejercicio será reconfortante, señor

A Dani,
     con Moonfleet,
aquella noche de cine,
en la memoria.


Cuando nuestro hijo era un niño, a veces jugábamos a pelear; invitaba él: "¿Echamos una pelea?". Los viajes del verano, acampados en un bosque o en una playa, eran propicios a tan desiguales combates. Y jugábamos a pelear con mucho aspaviento, simulando una lucha encarnizada, rodando por el prado o por la arena, y soltando frases como "¡Voto a Bríos!" "¡Maldición!" y cosas así. Como no soportaba que lo dejara ganar, yo hacía durar la pelea mientras Ángeles nos contemplaba fingiendo un gesto de preocupación, jugando ella también a hacer de madre responsable: "Os vais a hacer daño, niños". La pelea siempre acababa igual; cuando ya lo tenía inmovilizado y le exigía que se rindiera, no había forma de que dijera "me rindo". "Ríndete", decía yo. "No", decía él. Yo estrechaba la presa. "¿Te rindes?". Él apretaba los dientes: "No, no y no". Ángeles intervenía: "Anda, Dani, ríndete, que es hora de comer". Mira que disfrutaba comiendo, pues no había forma. Y al final yo lo dejaba por imposible. Nunca conseguí que se rindiera.


En Moonfleet -o Los contrabandistas de Moonfllet, como se tituló aquí-, cuando Jeremy Fox y el niño John Mohune se disponen a ir en busca del diamante de Barbarroja en el castillo de Hollisbrooke, se desarrolla una escena que nos introduce en el tercer acto del relato y donde se conjuga uno de los temas primordiales del filme de Lang, la paternidad y la filiación, la transmisión.


Jeremy Fox coge del brazo al niño, echan a andar -mientras la cámara los encuadra en plano americano y los acompaña con un travelling de retroceso a medida que avanzan- y le advierte a John Mohune:


-Ahora escucha con atención. Esto no es un juego, así que dejemos las cosas claras de una vez. Si algo sale mal, cada uno se apañará como pueda y, si tengo que abandonarte, no lo dudaré ni un solo instante.


El niño se detiene, la cámara le obedece, y muy seguro de sí le suelta: No creo que haga eso nunca, señor.


(John Mohune tiene sus razones. La crucial: en una escena anterior, Fox lucha a muerte con un contrabandista para salvar la vida del niño. Al terminar lo tranquiliza con estas palabras: El ejercicio ha sido reconfortante.) Corte a primer plano de Fox: Estás muy equivocado. Pausa. Si hubieras sido mi hijo...


Corte a primer plano del niño, que sonríe (no desearía otra cosa; de hecho, estamos convencidos de que es hijo suyo): ¿Sí, señor..?


Corte a primer plano de Fox: Te hubiera enseñado a no confiar en nadie. Echan a andar, volvemos al encuadre en plano americano y la cámara retrocede en travelling para acompañar sus pasos. Pero John Mohune no da su brazo a torcer: Pero usted es mi amigo...


Fox se detiene -también la cámara- y lo encara: Yo soy tu socio en una aventura peligrosa. ¿Está eso claro? Entonces el niño sonríe resuelto y le espeta: El ejercicio será reconfortante, señor. Fox lo deja por imposible y parten en busca del diamante.


Cuando nuestro hijo vio Moonfleet a los diez años, le encantaron esas frases: El ejercicio ha sido reconfortanteEl ejercicio será reconfortante. (De hecho, las preferimos a una traducción más fiel: "el ejercicio ha sido / será provechoso".) Eran sus réplicas favoritas (y siguen figurando entre sus preferidas). Y cuando se presentaba la ocasión propicia, las soltaba. Sí, como él, John Mohune no se rendía ni a la de tres. Aunque no le gustaba nadita que le llamáramos con el nombre del personaje que tanto se le parecía: quizá por eso mismo. Quizá también porque encontró en aquel niño -que armado con un guión escrito por su madre (muerta) dirigía (niño cineasta) a Jeremy Fox para transfigurarlo en padre- un espejo en el que reconocerse o un sueño de infancia, pero ya tenía muy claro que uno es uno y otro el reflejo. (¿Acaso Los contrabandistas de Moonfleet no deviene la puesta en escena primordial de la paternidad y de la filiación, o de cómo un niño -hijo o no- hace de un hombre -progenitor o no- un padre? Desde luego el filme de Lang -el filme más bello de la cinefilia, en palabras de Serge Daney- fue una de esas películas cardinales que vieron su infancia. (La mía se quedó huérfana de una mirada así.)


(Nada menos extraño que una década después Fritz Lang acabara siendo su cineasta de cabecera. Y patrón de su cinefilia por encima de cualquier otro. Y estudiara sus películas con lápiz y papel.)


Aquí, en casa, el cartel de Los contrabandistas de Moonfleet aún preside la habitación de nuestro hijo. En la cabecera de la cama. O de los sueños. De la infancia. Y de la memoria del cine.

1 comentario:

  1. Hace veinticinco años el Aula de Cine de la Universidad de Oviedo programó, como inició de aquel curso, Moonflleet, a sugerencia mía, que había visto la película de Lang ese mismo verano en Madrid. El texto que acompañó a ese pase lo escribí con ganas, porque era lo primero que escribía en mi vida más allá de apuntes o cartas. Tengo muchas ganas de volver a verla, entre otras cosas porque no estoy de acuerdo con un comentario tuyo en otra entrada sobre esta misma película respecto a que Jeremy Fox es un muerto en cuya búsqueda va otra muerta, la madre de John Mohune (la cita es de memoria, porque la leí hace bastante tiempo). Si algún día escribo esas páginas ya te las enviaré, Daniel. En todo caso, siempre es una gozada leer algo sobre Moonfleet, esa obra sublime por mil y una razones, y que tan poco tiene que ver con la novela de John Meade Faulner.

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